Dormir ocho horas

<3
— Para Paula, que siempre estuvo muy liberada

Hay algo secretamente hermoso en haber vivido con ansiedad durante años. No mientras ocurre, ahí no hay épica ni aprendizaje ni nada que merezca la pena ser contado. Pero después sí. Después, cuando empiezas a detectarla en otros antes incluso de que ellos sepan ponerle nombre. Está en las palabras que eligen, en ciertas reacciones desproporcionadas, en gestos mínimos que te devuelven a lugares en los que ya estuviste. Como si el cuerpo hubiese entendido todo mucho antes que la cabeza y ahora reconociera a los suyos.

Las redes sociales son solo un espejo deformante de eso. La ansiedad y la depresión no nacen ahí dentro, llegan de fuera y se amplifican. De repente alguien “tiene ansiedad” y aparecen los mensajes, los corazones, las frases de apoyo estándar. Casi nunca dirigidos a quien realmente lo está pasando mal. Porque profundizar incomoda. Mirar de cerca exige tiempo, presencia, y preferimos la superficie. El mismo gesto mecánico con el que hacemos scroll sin detenernos en nada demasiado.

No es casualidad que el cine y las series estén pensadas para personas agotadas de atender. Todo tiene que avanzar rápido, no pedir demasiado, no exigir implicación emocional sostenida. El viernes pasado, al salir del cine después de ver Hamnet, escuché a un tipo decirle a su novia, muy tranquilo, que le había parecido un tostón, que era lentísima. Ella se quedó mirándolo, desconcertada. Y pensé que en esa frase había algo más que una opinión cultural. Había una incapacidad aprendida para quedarse, para sostener algo que no te recompensa de inmediato.

Existe una dificultad real para comprometerse con cualquier cosa que requiera continuidad. Lo pensaba hace poco en dos conversaciones distintas con dos colegas distintos, ambos doctorados. Les decía que los admiraba por haber seguido con lo suyo después de la universidad. Ese punto en el que muchos nos bajamos del tren, por dinero, por cansancio, por ganas de vivir otras vidas. Y luego están quienes regresan quince o veinte años después. Volver ahí me parece un acto casi heroico, una forma muy poco vistosa de valentía.

También hay algo profundamente liberador en dejar de necesitar que ciertas personas estén pendientes de ti. De si estudias o no, de cómo estás emocionalmente, de si tu cuerpo aguanta, de si todo va bien o regular o mal del todo. Qué agotador debe de ser vivir dentro de la cabeza de alguien que te ignora a propósito, salvo cuando hay público y no quiere quedar mal. Dejar de esperar ese interés a medias es una forma silenciosa de libertad, de las que no se celebran pero sostienen.

Parece una tontería, pero cuando dejas de sentir dependencia de un grupo, de una persona, de una ciudad, de unos estudios, de un trabajo, de la idea de lo que deberías ser, empiezas a dormir ocho horas. O más, si como yo estás en la cama a las nueve. Duermes incluso sabiendo que en algún grupo, en alguna conversación, probablemente estén hablando de ti. Y no pasa nada. Porque has tomado decisiones y con ellas has asumido su coste, sabiendo que perder también es elegir. Que soltar lastre duele menos de lo que parece.

Hay un momento en el que dejas de insistir. En el que tras muchos mensajes sin respuesta entiendes que el silencio también es una respuesta. En el que al dejar de escribir, ciertas conversaciones simplemente dejan de existir. Y entonces llegas a un lugar extraño y tranquilo donde lo que tienes es sencillo, te hace feliz y es suficiente. Desde ahí la vida se ve distinta. Más lenta, más clara. Ojalá poder decirles esto a esas personas en cuyos gestos, en cuyas palabras, reconozco que todavía no han llegado a ese remanso. Pero supongo que hay cosas que solo se entienden cuando el cuerpo, otra vez, se adelanta.

Ane Fano Dadebat2 Comments