Zuloa
En mi casa siempre ha habido música, casi como un ruido de fondo que lo sostenía todo. Unos discos, otros, cada época marcada por obsesiones nuevas. Siempre cuento que el Unplugged de Eric Clapton y el de Nirvana, los de mi hermano Oier, los dejé casi translúcidos de tanto ponerlos. Lo confesé mucho más tarde, cuando ya era imposible fingir que no era yo quien los había rayado. También sonaban los discos rojo y azul de The Beatles. Yo vivía feliz con Ob-La-Di, Ob-La-Da, convencida de que Ringo era el mejor compositor del mundo.
En el cole, gracias a La Banda del Patio, descubrí Blink y Sum 41, y una vez incluso alguna excursión prohibida para ver a Millencolin en Bergara. He ido con mi ama a ver a los Backstreet Boys. He visto a Patti Smith, Belle&Sebastian, The Cranberries, The Corrs, The Drums, Thee Brandy Hips, The Smallest Man on Earth, Oasis, Gorillaz, he visto a This is Lorelei junto a 15 personas, a Beach House, Bon Iver, a Krilin, a Eddie Vedder en Cork sola porque nadie me acompañaba. Y nunca he visto a Elthon John y me duele en el alma. Una mezcla improbable, un menú degustación emocional que hoy me hace bastante gracia. Y, por supuesto, fui (soy) devota de Britney. Una devoción irracional. Blackout, eternamente incomprendido, eternamente perfecto. Pero nunca supe tocar un instrumento. Mi hermano sí, y durante años me dolió no tener esa habilidad, como si la música fuese un territorio al que yo solo pudiera entrar como visitante.
Aun así, la música siempre me ha emocionado de esa manera física, primaria, la misma que me provoca la comida (a otros es el cine, la lectura, que también, pero es distinto). Esos lunes en los que volvía de la uni y mi madre había hecho lentejas. O la merluza de Xos y Lydia en Ceibe, en Ourense. Comer y llorar, llorar y comer. Todo conectado.
Hoy he llorado igual, escuchando a Eneko Sagardoy recitar sobre el último agujero. Zuloa. Ese lugar que, quizá, nos haga libres. Dos lágrimas densas, de las que pesan. Por lo que decía, por cómo lo decía, y porque este 26 de noviembre he entendido algo que llevaba meses rondándose. Después de escuchar hasta la extenuación las canciones de Zuloa, ese álbum que me ha acompañado todo el año, he sentido que Merina Gris me entiende. No es solo música. Ha sido mejor que cualquier proceso terapéutico. Quien alguna vez ha tenido que pasar página, de verdad pasar página, sabe lo que significa la trilogía de “lilili”, “origami” y “mejor*”. Que es ya, sin discusión, un himno generacional.
Nunca he escrito una crónica de un concierto, y esto tampoco lo es. Quería simplemente poner por escrito la suerte que tuve el día que fui, casi por casualidad, a mi primer concierto de Merina Gris. Desde entonces he ido a todos los que he podido. Es el directo más bonito y más emocional que se puede ver ahora mismo en un radio de mil kilómetros. No me canso. Las letras, la manera en la que “mejor*” me rompió por dentro la primera vez que la escuché y al mismo tiempo restituyó todo lo que “lilili” y “origami” habían desarmado.
Hoy he estado en el concierto del Teatro Arriaga, que ya impresiona por sí mismo. Pero lo de Zinebi ha sido otra cosa. Eire, Cris (Belako), Hofe, Gorka Urbizu. Cada uno aportando algo reconocible y, sin embargo, distinto. Pero creo que el momento más intenso ha sido el de Sara con el cuarteto de cuerda. Había una tensión hermosa en el aire, una especie de latido colectivo que quería cantar y, al mismo tiempo, guardar silencio. Y esos nervios tan puros por ver cómo entraría Julen después de algo tan conmovedor. En ese instante dejó de hacer frío en Donosti, en Bilbao. Tampoco era verano. Era simplemente un lugar suspendido. Y ahora que si es posible acercarse al mar, es todo un poco mejor*.
Gracias por lo de hoy.
BBK Live, Last Tour: haced vuestra magia. Por favor.